
martes, junio 23, 2009
Fiódor Dostoievski
MEMORIAS DEL SUBSUELO
¡Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.
¡Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.
viernes, junio 19, 2009
Luigi Pirandello
TROVARSI
Ahora bien, el ejecutar una acción, nunca es el espíritu todo quien la ejecuta, toda la vida que está en nosotros, sino aquel que somos únicamente en ese momento. Y, sin embargo, hete aquí que aquel acto momentáneo nos aprisiona, nos demora allí, con obligaciones, responsabilidades, de ese modo determinado y no de otro. Y de tantas semillas que podrían engendrar una selva, una sola semilla cae ahí; el árbol nace ahí, nunca podrá moverse de ahí... Todo ahí, para siempre... Este horror, justamente, yo lo estoy viviendo con los ojos bien abiertos, cada noche, frente a un espejo, cuando terminada la función me encierro en el camarín a quitarme el maquillaje.
Ahora bien, el ejecutar una acción, nunca es el espíritu todo quien la ejecuta, toda la vida que está en nosotros, sino aquel que somos únicamente en ese momento. Y, sin embargo, hete aquí que aquel acto momentáneo nos aprisiona, nos demora allí, con obligaciones, responsabilidades, de ese modo determinado y no de otro. Y de tantas semillas que podrían engendrar una selva, una sola semilla cae ahí; el árbol nace ahí, nunca podrá moverse de ahí... Todo ahí, para siempre... Este horror, justamente, yo lo estoy viviendo con los ojos bien abiertos, cada noche, frente a un espejo, cuando terminada la función me encierro en el camarín a quitarme el maquillaje.
domingo, junio 14, 2009
Giacomo Leopardi
CANTO XXVI
Poderoso, dulcísimo
dominador de mi profunda mente;
terrible, mas querido
don del cielo; consorte
de mis lúgubres días,
pensamiento que siempre ante mí tornas.
De tu natura arcana,
¿quién no habla? Su influjo entre nosotros,
¿quién no siente? Mas siempre
que al decir sus efectos
la humana lengua el sentir propio excita,
nuevo parece por lo que razona.
¡Cuán desierta mi mente
quedó desde el instante
en que tú la escogiste por morada!
Raudos como el relámpago, de en torno
todos mis pensamientos
se alejaron. Lo mismo que una torre
en solitario campo,
estás solo, gigante, en medio de ella.
¡En qué, fuera de ti, se han convertido
las obras terrenales,
toda la vida entera ante mis ojos!
¡Qué intolerable hastío
el ocio acostumbrado,
la del vano placer vana esperanza,
al lado de ese gozo,
gozo celeste que de ti procede!
Como desde las rocas
del Apenino abrupto
a un campo verde que lejano ríe
los ojos vuelve ansioso el peregrino,
tal yo del rudo y seco
mundano conversar, ávidamente
regreso a ti como a un jardín ameno
y restauro a tu lado mis sentidos.
Me parece increíble
que la vida infeliz y el necio mundo
durante tanto tiempo
sin ti haya soportado;
entender no consigo
que por otros deseos
de ti distintos, haya quien suspire.
Jamás desde el momento
en que entender la vida lograr pude
turbó mi pecho el miedo de la muerte.
Hoy me parece un juego
la que el inepto mundo,
loando a veces, aborrece y teme,
necesidad extrema;
y si acaso el peligro se presenta,
arrostro sonriendo su amenaza.
Siempre al cobarde, al alma
miserable y abyecta
desprecié. Y hoy cualquier acción indigna
me hiere los sentidos;
desdén siente mi alma
por todo ejemplo de vileza humana.
A esta edad orgullosa
que se nutre de huecas esperanzas
y ama lo vano y la virtud combate,
que clama por lo útil
y no ve que la vida
por eso en más inútil se convierte,
superior yo me creo.
Me burlo del humano juicio; al vulgo
que el bello pensamiento
desdeña, pisoteo con desprecio.
Ante aquello que inspiras,
¿qué otro afecto no cede?
Más aún, ¿qué otro afecto
asiento tiene aquí entre los mortales?
Avaricia, desdén, odio, soberbia,
ansias de honor, de mando,
¿qué son sino caprichos
comparados con él? Sólo un afecto
vive en nosotros; uno,
poderoso, que dieron
eternas leyes al humano pecho.
Valor no tiene, ni razón la vida,
sino por él, que para el hombre es todo;
sola disculpa al hado
que al mortal en la tierra
puso para sufrir sin otro fruto;
sólo por quien a veces,
no la estúpida gente, al alma digna
la vida es más hermosa que la muerte.
Por alcanzar tu gozo, pensamiento,
probar humanas ansias
y sufrir muchos años
esta vida mortal, no ha sido indigno;
volvería de nuevo,
experto como soy de nuestros males,
hacia tu meta a recorrer la senda;
que tras la arena y tras la viperina
picada, tan cansado
por el mortal desierto
nunca llegué hasta ti que nuestras penas
vencer no lo creyera un bien muy alto.
¡Oh qué mundo, qué nueva
inmensidad, que edén aquel a donde
frecuentemente tu sublime hechizo
me elevó, donde errando
bajo otras luces que las habituales,
mi terrenal estado
y toda realidad echo en olvido!
Tales son, imagino,
los sueños de los dioses. ¡Ay! Un sueño
que en parte la verdad realza, eres
tú, dulce pensamiento;
sueño y error. Mas tu naturaleza,
entre gratos errores,
divina es; tan viva y poderosa
que junto a la verdad, tenaz, perdura
y a menudo se iguala,
disipándose sólo con la muerte.
Tú, pensamiento mío, tú tan sólo,
vital para mis días,
causa dilecta de infinitas ansias,
conmigo morirás cuando me muera;
dentro del alma las señales siento
de que tú por señor me fuiste dado.
Otros dulces engaños
la realidad solía
desvanecer. Cuando de nuevo vuelvo
a contemplar a aquella
de quien contigo vivo razonando,
crece aquel gran deleite,
crece el delirio por el que respiro.
¡Angélica hermosura!
Cualquier hermoso rostro me parece
casi fingida imagen
que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
de toda donosura;
tú, la sola belleza verdadera.
Desde que pude verte,
¿ de mi solicitud último objeto
no fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día
sin que pensara en ti? En los sueños míos,
tu soberana imagen
¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
aparición angélica,
en la terrena estancia,
en la altura de todo el universo,
¿qué espero yo, qué pido,
que sea más bello que los ojos tuyos,
que sea más dulce que tu pensamiento?
Poderoso, dulcísimo
dominador de mi profunda mente;
terrible, mas querido
don del cielo; consorte
de mis lúgubres días,
pensamiento que siempre ante mí tornas.
De tu natura arcana,
¿quién no habla? Su influjo entre nosotros,
¿quién no siente? Mas siempre
que al decir sus efectos
la humana lengua el sentir propio excita,
nuevo parece por lo que razona.
¡Cuán desierta mi mente
quedó desde el instante
en que tú la escogiste por morada!
Raudos como el relámpago, de en torno
todos mis pensamientos
se alejaron. Lo mismo que una torre
en solitario campo,
estás solo, gigante, en medio de ella.
¡En qué, fuera de ti, se han convertido
las obras terrenales,
toda la vida entera ante mis ojos!
¡Qué intolerable hastío
el ocio acostumbrado,
la del vano placer vana esperanza,
al lado de ese gozo,
gozo celeste que de ti procede!
Como desde las rocas
del Apenino abrupto
a un campo verde que lejano ríe
los ojos vuelve ansioso el peregrino,
tal yo del rudo y seco
mundano conversar, ávidamente
regreso a ti como a un jardín ameno
y restauro a tu lado mis sentidos.
Me parece increíble
que la vida infeliz y el necio mundo
durante tanto tiempo
sin ti haya soportado;
entender no consigo
que por otros deseos
de ti distintos, haya quien suspire.
Jamás desde el momento
en que entender la vida lograr pude
turbó mi pecho el miedo de la muerte.
Hoy me parece un juego
la que el inepto mundo,
loando a veces, aborrece y teme,
necesidad extrema;
y si acaso el peligro se presenta,
arrostro sonriendo su amenaza.
Siempre al cobarde, al alma
miserable y abyecta
desprecié. Y hoy cualquier acción indigna
me hiere los sentidos;
desdén siente mi alma
por todo ejemplo de vileza humana.
A esta edad orgullosa
que se nutre de huecas esperanzas
y ama lo vano y la virtud combate,
que clama por lo útil
y no ve que la vida
por eso en más inútil se convierte,
superior yo me creo.
Me burlo del humano juicio; al vulgo
que el bello pensamiento
desdeña, pisoteo con desprecio.
Ante aquello que inspiras,
¿qué otro afecto no cede?
Más aún, ¿qué otro afecto
asiento tiene aquí entre los mortales?
Avaricia, desdén, odio, soberbia,
ansias de honor, de mando,
¿qué son sino caprichos
comparados con él? Sólo un afecto
vive en nosotros; uno,
poderoso, que dieron
eternas leyes al humano pecho.
Valor no tiene, ni razón la vida,
sino por él, que para el hombre es todo;
sola disculpa al hado
que al mortal en la tierra
puso para sufrir sin otro fruto;
sólo por quien a veces,
no la estúpida gente, al alma digna
la vida es más hermosa que la muerte.
Por alcanzar tu gozo, pensamiento,
probar humanas ansias
y sufrir muchos años
esta vida mortal, no ha sido indigno;
volvería de nuevo,
experto como soy de nuestros males,
hacia tu meta a recorrer la senda;
que tras la arena y tras la viperina
picada, tan cansado
por el mortal desierto
nunca llegué hasta ti que nuestras penas
vencer no lo creyera un bien muy alto.
¡Oh qué mundo, qué nueva
inmensidad, que edén aquel a donde
frecuentemente tu sublime hechizo
me elevó, donde errando
bajo otras luces que las habituales,
mi terrenal estado
y toda realidad echo en olvido!
Tales son, imagino,
los sueños de los dioses. ¡Ay! Un sueño
que en parte la verdad realza, eres
tú, dulce pensamiento;
sueño y error. Mas tu naturaleza,
entre gratos errores,
divina es; tan viva y poderosa
que junto a la verdad, tenaz, perdura
y a menudo se iguala,
disipándose sólo con la muerte.
Tú, pensamiento mío, tú tan sólo,
vital para mis días,
causa dilecta de infinitas ansias,
conmigo morirás cuando me muera;
dentro del alma las señales siento
de que tú por señor me fuiste dado.
Otros dulces engaños
la realidad solía
desvanecer. Cuando de nuevo vuelvo
a contemplar a aquella
de quien contigo vivo razonando,
crece aquel gran deleite,
crece el delirio por el que respiro.
¡Angélica hermosura!
Cualquier hermoso rostro me parece
casi fingida imagen
que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
de toda donosura;
tú, la sola belleza verdadera.
Desde que pude verte,
¿ de mi solicitud último objeto
no fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día
sin que pensara en ti? En los sueños míos,
tu soberana imagen
¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
aparición angélica,
en la terrena estancia,
en la altura de todo el universo,
¿qué espero yo, qué pido,
que sea más bello que los ojos tuyos,
que sea más dulce que tu pensamiento?
San Anselmo de Canterbury
PROSLOGION
Pero cuando me oye decir que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento, incluso aunque no crea que aquello existe.
Pero cuando me oye decir que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento, incluso aunque no crea que aquello existe.
miércoles, junio 10, 2009
Manuel Altolaguirre
TE QUIERO
Un lago en una isla
eso es tu amor por mí,
y mi amor te rodea
como un inmenso mar
de silencios azules;
pero tienen también
tus grandezas ocultas.
Soy un niño de sal
sobre tu falda;
me sostienen tus prados
submarinos,
eres frondosa cumbre,
eminencia visible
de tu tierra profunda.
Me enriquecen los ríos,
y tu amor, ese lago
corazón de la isla,
es la fuente de todas
las líquidas comarcas.
Te haces querer. Te quiero.
Mira mis blancas olas.
Un lago en una isla
eso es tu amor por mí,
y mi amor te rodea
como un inmenso mar
de silencios azules;
pero tienen también
tus grandezas ocultas.
Soy un niño de sal
sobre tu falda;
me sostienen tus prados
submarinos,
eres frondosa cumbre,
eminencia visible
de tu tierra profunda.
Me enriquecen los ríos,
y tu amor, ese lago
corazón de la isla,
es la fuente de todas
las líquidas comarcas.
Te haces querer. Te quiero.
Mira mis blancas olas.
jueves, junio 04, 2009
Carl Gustav Jung
FORMACIONES DE LO INCONSCIENTE
Todo lo que entra desde afuera, como por lo demás también todo lo que emerge de adentro, llega por cierto a ser lo propio sólo cuando somos capaces de una espaciosidad interna que corresponda a la magnitud del contenido que llega desde afuera o de adentro.
miércoles, mayo 27, 2009
Dámaso Alonso
CIENCIA DE AMOR
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
Juan Eduardo Cirlot
No siendo estás aquí junto a mi centro
de hierros desatados,
de distancias dispersas como el humo.
No siendo eres tan mía como yo.
Más mía, pues tu luz sobre mi niebla
vive.
de hierros desatados,
de distancias dispersas como el humo.
No siendo eres tan mía como yo.
Más mía, pues tu luz sobre mi niebla
vive.
lunes, mayo 18, 2009
Platón
PROTÁGORAS
El hombre, una vez que participó de una porción divina, fue el único de los animales que, a causa de este parentesco divino, primeramente reconoció a los dioses y comenzó a erigir altares e imágenes de dioses. Luego, adquirió rápidamente el arte de articular sonidos vocales y nombres, e inventó viviendas, vestidos, calzado, abrigos, alimentos de la tierra. Equipados de este modo, los hombres vivían al principio dispersos y no había ciudades, siendo, así, aniquilados por las fieras, al ser en todo más débiles que ellas. El arte que profesaban constituía un medio, adecuado para alimentarse, pero insuficiente para la guerra contra las fieras, porque no poseían aún el arte de la política, del que el de la guerra es una parte. Buscaron la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y el pudor entre los hombres: «¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?». «Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad».
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